Entender qué es la
consciencia es la gran asignatura pendiente no sólo de la Filosofía, sino que
también de la Neurociencia, de la Psicología e incluso, hasta de la Física Cuántica que, en sus
versiones más audaces, se encuentra con problemas inherentes a ella.
El problema crucial de la
consciencia deriva de la contraposición que advertimos entre un mundo al que
denominamos objetivo, frente a la capacidad de “darse cuenta de” que
poseemos, al menos los seres humanos. Capacidad ésta, que se presenta unida a la facultad de generar un universo representacional
interno en cuya virtud interactuamos con el
medio ambiente natural y cósmico que, aparentemente, nos rodea.
La vieja pregunta desde
Descartes hasta nuestros días es: cómo
ese mundo interno representacional —incluidos en él nuestros
pensamientos, imaginerías y recuerdos— puede interactuar con los aspectos biológicos materiales de nuestro
cuerpo y cerebro, tanto respecto del proceso por el cual los estímulos externos
materiales detonan las representaciones mentales (que son no materiales) y, a la
inversa, cómo estas mismas representaciones no materiales influyen en nuestra
conducta psíquica y corporal.
A este problema irresoluble,
se responde en esta Tesis mediante un nuevo paradigma al que he denominado
NEUROMETAFISICA.
La Neurometafísica es una
aproximación metafísica que se deriva de la descripción de la realidad empírica,
sobre los temas pertinentes a la Filosofía de la Mente, que ofrecen las Neurociencias.
El método de trabajo
empleado en esta Tesis consiste, en términos simples, en
llevar hasta sus últimas consecuencias las conclusiones que ofrece esa disciplina
científica.
Al utilizar este método,
arribamos a una paradoja extraordinaria: si es efectivo que la consciencia se
produce al interior del cerebro, y que ese fenómeno comprende la totalidad de las percepciones de
un individuo; quiere decir que comprende todo el Universo que este individuo
puede atestiguar: su fuero interno, su entorno corporal inmediato, calles,
edificios, árboles, montañas, animales, personas, aves, insectos, planetas,
estrellas, y hasta las galaxias más
lejanas captadas por un telescopio moderno. Comprende también sus pensamientos,
emociones, recuerdos e imaginerías. Y, además, comprende su propio cuerpo y
cerebro, ya que también son percepciones.
Entonces, si mi cerebro es
otra percepción más: ¿Dónde radica la capacidad de integrar la información que
supuestamente le atribuimos a la mente humana? ¿Dónde se almacenan los
recuerdos? ¿Qué son los sueños? ¿Cómo se generan las ideas o imaginerías? ¿Cuál es la causa eficiente de la voluntad, si
el cuerpo que actúa y la mente que decide son meras percepciones?
Incluso, tan interesantes
son estas paradojas que, si realmente aceptamos que el universo —la realidad de todos los días— que cada uno de los seres humanos experimentamos,
es un fenómeno que se produce en el cerebro, significa que el cráneo sería un
concepto metafísico, pues no habría
cómo acreditar su existencia.
En efecto, haga los
esfuerzos que haga, aunque tome la nave espacial más rápida, incluso superior
en miles de veces a la velocidad de la luz (si tal cosa fuere posible) y
llegase a los confines del Universo, no avanzaría ni un milímetro hacia su
cráneo, ya que todo ese viaje espacial seguiría siendo un fenómeno
intracerebral y nada que haga o piense enclaustrado en ese mundo virtual
interno le permitiría comprobar la existencia de su cráneo.
Esta Tesis aborda estas
paradojas y propone cómo resolverlas, pero para ello, necesariamente, se debe
efectuar un giro copernicano a la gran
mayoría de los paradigmas con que trabaja la Ciencia y gran parte de la Filosofía.
La Neurometafísica implica ver al mundo y al ser humano desde
una perspectiva radicalmente nueva que, a veces, puede ser deprimente, sorprendente
o terrorífica, según me han manifestado personas de alto nivel reflexivo con
quienes he intercambiado ideas al respecto, pero estimo que es el precio que
debemos pagar si queremos tratar de comprender el fenómeno de la consciencia.
